Era ya la duodécima. Habían establecido la ciudad principal a los pies del Monte Olimpo. Desde allí habían expandido colonias y pequeñas o medianas ciudades por casi toda la geografía marciana gracias al restablecimiento con éxito de la atmósfera marciana. En la Tierra: Sinerum, Aonia, Noachi, Meridiani, Arabia, Tempe, Sabaea, Tyrrhena, Prometehi, Cimmeria; además de en todas las planicies. Ahora se encontraban en Valle Marineris, donde debían establecer las instalaciones para el suministro eléctrico, antes de que el proyecto "Inundis" comenzara. El proyecto "Inundis" fue concebido tras años de perforaciones subterráneas que dieron espectaculares resultados, encontrando millones de toneladas de agua subterránea en el planeta. Consistía en conducir por todo el planeta ese agua subterránea hasta sus antiguas paleocanalizaciones, para restaurar el agua en la superficie, pero previamente había que preparar grandes instalaciones de almacenamiento, administración, gestión y control de las mismas, para conservar dicha agua sin sorpresas hasta su completa restitución "natural".
Mientras tanto en el planeta Tierra, las cosas habían cambiado mucho: ya no existían las desigualdades económicas, ni políticas, ni sociales, ni culturales, ni étnicas,.... habían desaparecido las antiguas organizaciones territoriales económico políticas y sus ejércitos, habían desaparecido las enfermedades y la vejez, habían desaparecido la muerte no determinada y las religiones, así como la selección natural y el dominio único y exclusivo del planeta por una especie humana. Ahora vivían muchas especies humanas en la Tierra, junto a los andróides, los humanóides de inteligencia artificial, los mutantes, los seres biónicos, los seres biomecánicos, los híbridos especémicos, los clones y una combinación muy amplia de todos los seres de inteligencia compleja existentes, entre ellos los nuevos alienígenas que había entrado en contacto con los humanos más primigenios.
Autor: D. Jesús Castro Fernández.
Le esperaba un largo viaje por todo el país. Horas y horas por carretera, con mil incomodidades de espera. El viaje lo iba a hacer de noche y no sería nada estimable. Entre cabezada y cabezada, dolores o posturas desagradables. El cansancio acumulado, le harían que le pesaran los párpados, que quedara adormilado entre carreteras nacionales y extravíos variados.
Así que en aquel viaje, entre fragmento soñado y fragmento esperado, aparecería en un campo, en blanco y negro. Parecía un domingo de caza, del siglo pasado. Bien ataviado, con su escopeta en la mano, iba pendiente de cualquier animal que pudiera ser cazado. Miraba al frente y vió dos espantapájaros entre la maleza frondosa del campo, detrás algunos árboles pelados. En aquel mismo instante contempló como aquellos espantapájaros se movían y se dijo: "espantapájaros que se mueve, pájaro posado". Por lo que poniendo su escopeta en disposición, apuntó y disparó a quema ropa. Al segundo, dos gritos desesperados, uno de cada espantapájaros y dos cayos de sangre brotando, formaron un pequeño lago. El cazador se acercó asustado, no tanto por la sangre que podía ser de algún pájaro, sino por los gritos que de allí habían emanado. Cuando se acercó los contempló y arrodillado, tiró la escopeta al suelo, reconoció aquellos rostros disfrazados, eran sus dos hijos, que habían ido a jugar al campo, y para cazar un pájaro se habían disfrazado de espantapájaros.
Autor: D. Jesús Castro Fernández.
La segunda vez que la policía vino a mi domicilio para interrogarme, no las tuve todas conmigo. La primera ocasión fué poco después de que apareciese un cadáver junto a mi puerta, al parecer, un testigo de Jehová. Sin signos de violencia, todo tenía la apariencia de una muerte natural, por tanto me hicieron las preguntas habituales en esos casos, y después se fueron.
Ahora volvían con novedades, pues según el forense, la muerte se debió a una fuerte descarga eléctrica. Un técnico electricista acompañaba a los agentes: Querían revisar el escenario. Yo enseguida les puse cara de disgusto ¿Y yo que tengo que ver con eso? Les conté que a mi casa solían venir muchas veces, y nunca antes le había ocurrido nada a ninguno. Además, yo soy ingeniero eléctrico y sé como funciona mi timbre (yo lo diseñé, aunque ésto último preferí omitirlo) y funciona correctamente.
Algo más de una hora después, el técnico dijo que no había razones para pensar en algún tipo de manipulación malintencionada por mi parte !Faltaría mas! -añadí fingiendo indignación-. Después me pidieron amablemente permiso para inspeccionar mi vivienda, y yo se lo concedí, pero a modo de broma exclamé: Yo a los testigos de Jehová los mato en la calle, pero nunca en el interior de mi humilde morada.
Tras echar un vistazo por toda la casa, se fueron. Creí percibir algo de suspicacia en sus modos, sobre todo, cuando dijeron que posiblemente se verían obligados a regresar.
Yo los despedí sonriente desde mi puerta. Recordé que en el garaje aún se hallaba el amplificador de intensidad direccional, pero para cuando regresasen, si es que lo hacían, dicho artefacto ya no se hallaría en mi garaje.
Autor: D. José María Martín Rengel.
Es curioso el hecho de que sin pretenderlo, he aumentado considerablemente los ingresos de la S.G.A.E. y además de eso, he contribuido notablemente en la reducción de la contaminación acústica ¿Qué como lo he hecho? Púes muy sencillo:
Todo empezó con un vecino mio, un tipo de esos que cuando van en el coche, llevan la música (no debería de llamarlo música) a tope de volumen; y además de eso, en su infinita generosidad, siempre lleva las ventanillas abiertas, con lo cual, cuando aparca junto a mi ventana, los cristales retumban: Chun-da, chun-da, chun-da...Entonces, yo solía gritarle: !Música gratis¡
Comoquiera que ví, que ese comportamiento era bastante generalizado, y que había música gratis en los semáforos en las gasolineras, en parques, etc, me puse a pensar en la manera de combatir esas odiosas emanaciones. Y así dí con la solución: Se graba la matricula del vehículo el sonido, y se envía todo a la SGAE; Luego ellos se encargan de tramitar la correspondiente sanción por vulneración de los derechos de autor, y a partir de entonces ya no más música gratis.
Ya nunca me entero de cuando mi vecino aparca junto a mi ventana.
Autor: D. José María Martín Rengel.
Eramos unos niños cuando la guerra llegó hasta nuestro pueblo. Nos explicaron que los enemigos de nuestra patria, se acercaban desde mas allá del otro lado del gran río y que nos acechaban para invadir nuestra tierra.
Recuerdo a los soldados marchando hacia el frente, entre ellos iba mi hermano mayor, a quien nunca mas volvimos a ver.
Éramos unos niños y no entendíamos gran cosa, pero recuerdo haber visto el miedo en los ojos de mi abuelo; Mi abuelo cazaba osos y nunca había tenido miedo, o al menos yo nunca lo había visto asustado. Fué mi abuelo quien me enseñó a distinguir a nuestros aviones de los enemigos. A veces, mientras el enemigo intentaba cruzar el río nuestros aviones luchaban en el aire, y desde nuestro pequeño refugio veíamos caer con pena a los nuestros, aunque casi siempre saltaban en paracaídas antes de que el avión se estrellase contra el suelo; También nos alegrábamos cuando quien caía era un avión enemigo.
Todo el pueblo fué trasladado a la ciudad, una enorme ciudad que yo nunca había visto, con grandes edificios y amplias avenidas. Fué allí donde vi a aquel que se convirtió en mi héroe desconocido. Aquel avión había derribado dos aviones enemigos, y nosotros aplaudíamos emocionados hasta que vimos salir humo por su cola, le habían alcanzado. El avión parecía venir en nuestra dirección, así que pensamos que el piloto caería cerca de nosotros, pero no saltaba. Pasó por encima de nosotros y cayó en un campo en las afueras: el piloto no había saltado.
-¿Porqué no saltó en paracaídas? -pregunté a mi abuelo.
Mi abuelo me explicó entonces que el piloto nos había visto, y que no pudo saltar abandonando el aparato, pues éste nos podía haber caído encima y habernos aplastado. Aquel aviador prefirió alejar el avión de nuestras cabezas aún a costa de su vida.
Mis amigos y yo, solíamos depositar flores en el lugar en que cayó.
Autor: D. José María Martín Rengel.
En una dimensión lejana, viven unos seres incorpóreos, pura energía. A lo largo de toda su existencia, se enriquecen mutuamente mediante un continuo intercambio de información. Como ocupan básicamente el mismo lugar en el espacio, acceden a la misma información, y sus individualidades casi no existen, prácticamente son todos iguales.
Cuando se sienten en plenitud total, es cuando les llega el momento de su experiencia individual. Una fantástica experiencia en la que olvidan todos sus conocimientos y comienzan una vida corpórea. Como si empezasen desde cero, en su nueva mente se hace la luz, se abre de nuevo la puerta del aprendizaje, e interactuan con la materia; De ser pura energía, pasan a un estado material; Disponen de un organismo y de un cerebro para dirigir dicho organismo, y mientras esto sucede, no recuerdan nunca nada de su anterior existencia en la otra dimensión. Es una experiencia que sólo se vive una vez, y que tiene lugar en el planeta tierra.
En cualquier lugar del mundo, ha nacido un nuevo niño, un nuevo organismo de carne, piel y huesos, que vive ya sus primeros instantes de la fantástica experiencia vital.
Autor: D. José María Martín Rengel.
Estaba en aquel acuartelamiento de la montaña todo el Estado Mayor. Discernían así:
- ¡Comandante!, debemos plantear otra nueva estrategia de manipulación mental para asegurar la disciplina militar. Los casos de traición a la nación han dejado en evidencia la falta de contundencia en el control de la mente de nuestro soldados.
- Cierto mi general. ¿y qué propone?.
- Viendo la que preparación de los cadetes en las academias mediante la técnica de prácticas de un mayor número de horas en simuladores o "juegos" militares no dan el resultado esperado, es decir, soldados obsesivos-compulsivos, ya que no se tuvo en cuenta que la obsesión y compulsión en nuestros soldados, es similar a la del siglo pasado llamada "enfermedad de la duda" o "locura de la duda", porque en soldados normales aparecen con distinta intensidad dudas obsesivas del tipo de los escrúpulos "debo matar o no debo matar a seres humanos". Igualmente son frecuentes las compulsiones a dejar las cosas del cuartel en un orden determinado.
- Bien, le entiendo perfectamente. Y ¿qué es lo que estima oportuno?.
- Pues crear un nuevo orden metal en la disciplina militar. Sería sencillo, generaremos soldados psicópatas y sociópatas, la combinación de los que pueden hacer sufrir a otros, pero ellos no acusan sufrimiento ni sentimiento de culpa. Sabemos que por definición el psicópata no es un enfermo mental, por el matiz de anomalía de adaptación social en una guerra también se conoce como sociópatas. Básicamente se trataría de crear personas psíquicamente normales, que razonan bien y con un sentido claro de la realidad, pero con formas de conducta anómalas o extrañas.
Autor: D. Jesús Castro Fernández.