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jueves, 18 de julio de 2013

Microrrelato: El escribiente.

Torturado porque no sabía como acabar su novela, se decía: "pero será posible" "¿cómo puedo terminar mi novela". Su mente era una caja de Pandora de ideas revueltas, una ebullición constante de palabras en efervescencia.
Al poco tiempo pensó: "esta bien". Y mientras pensaba esas palabras veía las imágenes en su cabeza de ese escribiente del siglo XVII d. C. en su pequeño habitáculo, recostado sobre su lecho con el libro entre sus manos. Después, el escribiente dormido, comenzó a soñar con ese caballero del libro, ese Don Quijote de la Mancha, viendo, a ese caballero, en el sueño, caminar y hablar con su escudero, mientras marchaban en busca de mil traviesas aventuras que le asechaban.

Autor: D. Jesús Castro Fernández.




miércoles, 17 de julio de 2013

Microrrelato: La recompensa.

Siendo joven tenía muchas ilusiones por la vida. Todos los días escribía y escribía. Un buen día la madre se acercó cuando estaba pensando en su próxima obra. La madre muy enfadada con él, porque sólo veía que se pasaba el día leyendo y escribiendo sin ganar dinero, le dijo: "eres un holgazán" "¿Cuando vas a trabajar?". Él le dijo: "mama, yo trabajo muy duro, pero mi trabajo es intelectual". La madre le respondió: "eso no es trabajar, eso es holgazanear", "el que trabaja trae dinero a casa, el que holgazanea y se pasa el día pensando no gana nada". Él abrumado, ya no sabía que responder y recordó una frase de Leonardo que decía: "el arte de pintar es una suprema actividad intelectual" y él pensando se dijo: "el arte de redactar es la actividad suprema de la intelectualidad para la Humanidad". Más tarde la madre salió de su dormitorio y lo dejó sólo. 
Él más tranquilo por lo que había pensado, continuó con su obra y se decía: Pues tendré que matar a mí personaje, pero sí mato al protagonista, tendré también que matar a su acompañante. ¿Y qué muerte es más reconfortante? ¿Y donde lo mataré? En el mar, ¡no, no! mejor en la ciudad. Bueno, quizás mejor, el final menos trágico y más cómico quede mejor, lo recompensaré con la muerte. A ya se, acabaré la obra donde empecé. 

Autor: D. Jesús Castro Fernández.



martes, 16 de julio de 2013

Berthold Brecht reset.

Cuando vinieron a llevarse a los idiotas, yo no dije ni hice nada porque yo no era idiota. Luego, vinieron a llevarse a los "matasietes" y a los "ganapanes" y como yo no era ninguna de las dos cosas tampoco quise decir nada. Al día siguiente, regresaron para llevarse a los "listillos", pero como yo no era un listillo, me mantuve bien calladito.
  Pasaron los días  y se fueron llevando a los inmorales, a los vagos y maleantes, a los idealistas. Yo nunca decía nada, pues esperaba poder defenderme en su momento, y así poder salvarme; pero entonces, una mañana en que vinieron buscando a los hijosdeputa, se confundieron y se me llevaron a mi. Yo intenté protestar pero incomprensiblemente todos los dedos me señalaban a mi !Que hijosdeputa!

Autor: D. José María Martín Rengel.


El momento oportuno

El experimentado programador de Televisión está instruyendo al "nuevo", sobre el momento mas adecuado para insertar un bloque publicitario durante la emisión de una película  El héroe abraza a la rubia por la cintura mientras ella posa sus manos sobre sus varoniles hombros. El villano entra en escena y la pelea está servida. El intercambio de golpes parece favorecer al villano al principio, pero pronto el héroe se rehace y empieza a inclinar la balanza de su parte. Cae al suelo el villano, pero lo hace junto a un cinturón con 2 revólveres, entonces su aflora su malvada sonrisa mientras empuña un arma, la chica grita aterrorizada: !! Jimmi¡¡...  Entonces aparece una mujer joven y guapa anunciando una crema de belleza y antiarrugas que no necesita; Luego cambias de canal para eludir el sorpresivo ataque, y descubres que todas las cadenas se han puesto de acuerdo para emitir anuncios. Cuando vuelves a la película, el malo ya está muerto y el héroe está besando a la chica mientras atacan los violines y aparece The end; Y tu quedas sin saber quien ha matado al malo. 

Autor: D. José María Martín Rengel.



Microrrelato: El llanto interno.

Todo estuvo en silencio aquel año de 1871, su dolor era muy intenso, su cabeza no la dejaba. Al instante el grito de los frenos del tren regresaba. Ella callada, no sabía que hacer, ni como actuaba, sólo sabía, que la vida hasta allí la llevaba. Cabizbaja, embarazada, ¿por qué no silenciar aquella mente malvada? Pero no, que culpa tenía su criatura, de que no alcanzara lo que soñaba.

Autor: D. Jesús Castro Fernández.


Microrrelato: La Iglesia domótica.

Fue la única vez que acudió a la Iglesia de los Santos Tecnológicos. Al entrar en la Iglesia observó como las puertas se abrían y se cerraban solas como en las grandes superficies de los centros comerciales. Cuando accedía a su interior el órgano automáticamente se activaba con un concierto de música religiosa. Las vidrieras adaptaban la luz según la climatología, la estación del año y la hora. Cambiaban las formas y los colores, las figuras de las ventanas y se creaba un ambiente especial en el interior. Los asientos eran muy cómodos, se replegaban cuando uno se sentaba y casi se podía dormir en ellos. Cuando uno se sentaba, se activaban los dispositivos holográficos que recreaban a los santos y a los ángeles, cuando no un montón escenas celestiales. Muchos de los fieles allí presentes se ponían sus gafas 3D para poder recrearse mejor en aquellas artes. Al final, un robot sacerdote pasaba una bandeja cepillo para recoger donativos para los gastos de los rituales, hermosos y espectaculares.

Autor: D. Jesús Castro Fernández.


Microrrelato: La máquina de las bendiciones.

Hacía mucho que las iglesias, las sinagógas, las mezquitas y en general todos los tipos de templos habían sido abandonados o vendidos para mercados, pubs, bares, discotecas,... porque nadie iba. 
Un buen día, un señor de negocios, con visión de futuro, que paseaba por su ciudad, se dijo así mismo: ¿y por qué no? Podría ser un buen negocio, la religión siempre fue un buen negocio, y no veo porque no debería seguir siéndolo en esta nueva era de la religión tecnológica.
Así que tomó la determinación de ponerse manos a la obra y comenzó a adquirir todos los inmuebles arruinados y abandonados. Los empezó a restaurar y en donde antes se situaba el altar, el mihrab,... colocó una máquina religiosa. 
La maquina era muy sencilla, los fieles llegaban, echaban una moneda y elegían mediante un dispositivo el tipo de ritual que querían. Así la máquina lo mismo te daba una bendición, que una confesión, que te daba una misa, que una llamada u oración.
Pasado el tiempo, la máquina tuvo tanta aceptación, que se multiplicaron los fieles y los ingresos. Y el señor de negocios se puso tan contento que pensó en ampliar el negocio de la religión.

Autor: D. Jesús Castro Fernández.